jueves, 9 de diciembre de 2010

Como maté un elefante George Orwell

En Moulmein, lugar de la baja Birmania, mucha gente me odiaba. Fue la única vez en mi vida en que fuí lo suficientemente importante como para que ocurriera esto. Yo era oficial de subdivisión de policía de la ciudad y, en forma imprecisa y mezquina, el sentimiento antieuropeo era muy enconado. Nadie tenía el coraje de provocar un desorden, pero si una mujer europea entraba sola en una feria, con toda probabilidad habría alguien que le escupiría jugo de betel sobre el vestido. Como oficial de policía yo era el blanco obligado y me molestaban siempre que había ocasión para ello. Cuando un birmano ágil me hacía una zancadilla en la cancha de fútbol y el árbitro, birmano también, miraba hacia otro lado, la muchedumbre lanzaba una espantosa carcajada. Esto ocurría más de una vez. Al final los burlones rostros amarillos de los jóvenes a quienes encontraba por todas partes y los insultos que arrojaban cuando me hallaba a distancia prudencial me pusieron sumamente nervioso. Los sacerdotes budistas jóvenes eran los peores. Había varios miles de ellos en la ciudad y ninguno parecía tener otra cosa que hacer salvo apostarse en las esquinas y mofarse de los europeos que pasaban.

Todo esto me dejaba perplejo y turbado, pues por ese entonces yo ya había decidido que el imperialismo era algo diabólico y que cuanto antes lo dejara y me viera libre de él, tanto mejor. Teóricamente, y secretamente, por cierto, yo estaba en todo con los birmanos y en todo contra sus opresores, los ingleses. En cuanto al trabajo que yo hacía, lo odiaba con más fuerza de la que puedo quizá describir. En un empleo así se puede ver de cerca la sucia obra del Imperio. Los desdichados prisioneros que se amontonaban en las jaulas hediondas de las cárceles, los rostros grises y acobardados de los convictos a largo plazo, las nalgas llenas de cicatrices de los hombres que habían sido azotados con bambúes,. todo eso me oprimía con un intolerable sentimiento de culpa. Pero no tenía nada en perspectiva. Era joven y mal acostumbrado y había tenido que resolver mis problemas en el silencio absoluto que se impone a todo inglés en el Este. Ni siquiera sabía que el Imperio Británico se está muriendo, y menos aún sabía que es mucho mejor que los imperios más jóvenes que van a suplantarlo. Todo lo que sabía era que me hallaba clavado entre mi odio hacia el imperio al cual servía y mi furia hacia las bestiecillas malignas que trataban de hacerme el trabajo imposible. Una parte de mi mente pensaba en la soberanía inglesa como en una tiranía impenetrable, como algo afianzado in saecula saeculorum sobre el albedrío de pueblos sometidos, y la otra pensaba que la mayor alegría en el mundo sería hundir una bayoneta en las entrañas de un sacerdote budista. Sentimientos así son los subproductos normales del. imperialismo; preguntadlo a cualquier oficial anglohindú, si lo podéis sorprender fuera de su tarea.
Un día ocurrió algo que en forma indirecta arrojó cierta luz. Fue un incidente insignificante en sí mismo, pero me dio una mejor idea de la que hasta entonces había tenido de la verdadera naturaleza del imperialismo, de los verdaderos motivos por los cuales actúan los gobiernos despóticos. Una mañana temprano el subinspector de un puesto de policía situado en el otro extremo de la ciudad me llamó por teléfono para comunicarme que un elefante estaba devastando la feria, y pedirme que tuviera la amabilidad de ir a hacer algo. Yo no sabía en qué podría ser útil, pero quería ver lo que estaba ocurriendo, de modo que subí en un caballito y partí. Tomé mi rifle, un viejo Winchester 44 demasiado pequeño para matar a un elefante, pero pensé que el ruido podría ser útil in terrorem. Varios birmanos me detuvieron por el camino para contarme las fechorías del elefante. Naturalmente, no era un elefante salvaje sino uno domesticado que había sufrido el "ataque". Había sido encadenado, como se hace siempre con los elefantes domesticados cuando se espera que les sobrevenga el ataque, pero la noche anterior había roto la cadena y escapado. Su cornac, única persona que podía manejarlo cuando se hallaba en ese estado, había salido en su busca, pero había tomado la dirección contraria; en ese momento se encontraba a doce horas de distancia y por la mañana el elefante había reaparecido de pronto en la ciudad. La población birmana no tenía armas y estaba completamente indefensa. El animal ya había destrozado una choza de bambú, matado una vaca e invadido unos puestos de frutas, las cuales devoró; también se había encontrado con el carro municipal de la basura y, cuando el conductor bajó de un salto y echó a correr, había dado vuelta el carro y descargado su violencia sobre él. (...leer más)

El subinspector birmano y algunos alguaciles hindúes estaban esperándome en el barrio donde había sido visto el elefante. Era un barrio muy pobre, un laberinto de escuálidas cabañas de bambú techadas con hojas de palma que serpenteaban por una empinada ladera. Recuerdo que era una mañana nublada y sofocante, al principiar la estación de las lluvias. Comenzamos a preguntar a la gente hacia dónde había ido el elefante y, como de costumbre, no pudimos obtener ninguna información concreta. Esto es lo que invariablemente ocurre en el Este; una historia siempre parece clara a distancia, pero cuanto más se aproxima uno al lugar de los hechos más imprecisa se vuelve. Algunos decían que el elefante había ido en una dirección, algunos decían que en la otra, y los había que pretendían no haber oído siquiera hablar de ningún elefante. Ya casi estaba seguro de que toda la historia era un montón de embustes, cuando oí alaridos a corta distancia de allí. Una voz recia y escandalizada gritó: "¡Vete, niño! ¡Vete inmediatamente!", y una mujer vieja con un latiguillo en la mano dobló la esquina de una cabaña ahuyentando violentamente a una cantidad de niños desnudos. Seguían algunas mujeres más, que chasqueaban la lengua y lanzaban exclamaciones; evidentemente había algo que los niños no tenían que haber visto. Di la vuelta a la cabaña y vi el cadáver de un hombre tendido en el barro. Era un hindú, un negro coolí dravidiano casi desnudo, y no haría muchos minutos que estaba muerto. La gente decía que el elefante había aparecido repentinamente por el recodo de la cabaña, se había abalanzado sobre él cogiéndolo con la trompa, y le había puesto la pata sobre la espalda, hundiéndolo en la tierra. Era la estación de las lluvias, en que la tierra está blanda, y su cara había marcado una zanja de un pie de profundidad y un par de yardas de longitud. El hombre se hallaba tendido boca abajo con los brazos en cruz y la cara pronunciadamente doblada hacia un lado. Su rostro estaba cubierto de barro, tenía los ojos completamente abiertos, y los dientes se descubrían en una mueca de insoportable agonía. Que nadie me diga, de paso, que los muertos parecen tranquilos. La mayoría de los cadáveres que he visto tenían un aspecto diabólico. El rozamiento de la enorme pata de la bestia le había desgarrado la piel de la espalda tan nítidamente como se desuella un conejo. Tan pronto ví el cadáver envié un ordenanza a la casa de un vecino amigo para pedirle prestado un rifle. Ya había enviado de vuelta el caballito, pues no deseaba que enloqueciera de terror y me arrojara al suelo si olfateaba al elefante.

El ordenanza regresó al cabo de pocos minutos con un rifle y cinco cartuchos; mientras tanto habían llegado unos birmanos que nos informaron que el elefante se encontraba en los arrozales de abajo, a sólo unos centenares de yardas de distancia. Cuando emprendí el camino en esa dirección prácticamente toda la población del barrio salió en tropel de las casas para seguirme. Habían visto el rifle y todos gritaban excitados que yo iba a matar al elefante. No habían mostrado mucho interés por el animal cuando éste estaba simplemente asolando sus casas, pero todo era diferente ahora que se haría fuego contra él. Para ellos era una pequeña diversión, como lo sería para una muchedumbre inglesa; además querían la carne. Eso me hizo sentir vagamente incómodo. Yo no tenía intenciones de disparar contra el elefante; había enviado a buscar el rifle solamente para defenderme en caso necesario, y siempre es enervante que un gentío lo siga a uno. Bajé por la pendiente, sintiéndome hecho un tonto con el rifle al hombro y un ejército cada vez mayor de gente que me pisaba los talones. Al final, lejos de las cabañas, había un camino afirmado, y más allá de éste una cenagosa extensión de arrozales a mil yardas, sin arar todavía pero empapada por las primeras lluvias y punteada de pasto duro. El elefante estaba parado a ocho yardas del camino, con el lado izquierdo hacia nosotros. No hizo el menor caso de la multitud que se aproximaba; arrancaba manojos de pasto que golpeaba contra sus rodillas para limpiarlos y se los echaba luego en la boca.

Yo había hecho alto en el camino. Tan pronto ví al elefante me dí perfecta cuenta de que no debía hacer fuego contra él. Es cosa seria disparar contra un elefante en actividad; es comparable a destruir una enorme y costosa maquinaria, y evidentemente uno no debe hacerlo si es posible evitarlo. Y a esa distancia, comiendo pacíficamente, el elefante no parecía más peligroso que una vaca. En ese momento pensé y lo pienso ahora que su ataque ya se le estaba pasando, en cuyo caso el animal se limitaría a vagar inofensivamente hasta que su cornac volviera y lo llevara. Además, yo no tenía el menor deseo de matarlo. Decidí observarlo durante un rato para asegurarme de que no se volvería salvaje otra vez, y regresar luego a casa.

Pero en ese momento lancé una mirada sobre la multitud que me había seguido. Era una multitud inmensa, dos millares por lo menos, que aumentaba continuamente y bloqueaba el camino a ambos lados durante largo trecho. Contemplé el océano de rostros amarillos sobre las llamativas ropas, rostros felices y excitados en su pequeña diversión, seguros de que yo iba a disparar contra el elefante. Me observaban como observarían a un brujo que estuviera a punto de hacer una prueba. No me querían, pero el rifle mágico en mis manos hacía que valiera la pena de ser momentáneamente observado. Repentinamente comprendí que tendría que matar al animal después de todo. La gente esperaba eso de mí y yo tenía que hacerlo; podía sentir sus dos millares de voluntades que me empujaban irresistiblemente hacia adelante. Y fué en ese instante, de pie en ese lugar, con el rifle en las manos, cuando percibí por primera vez lo vano, lo inútil del dominio del hombre blanco en el Este. Ahí estaba yo, el hombre blanco con su escopeta, de pie frente a la multitud desarmada de nativos, semejante al primer actor de la obra. Pero en realidad yo era solamente un títere absurdo llevado de un lado a otro por la voluntad de esos rostros amarillos a mi espalda. En ese momento comprendí que cuando el hombre blanco se vuelve tirano es su propia libertad la que destruye. Se transforma en una especie de maniquí, de figura falsa, en la representación convencional de un sahib. Pues es la condición de su poder que se pase la vida tratando de impresionar a los "nativos", y así en cada crisis tiene que hacer lo que los nativos esperan de él. Lleva una máscara, y su rostro se desarrolla hasta amoldarse a ella. Yo tenía que matar al elefante. Me había comprometido a hacerlo al enviar a buscar el rifle. Un sahib tiene que actuar como un sahib; tiene que aparecer resuelto, conocerse a sí mismo y hacer cosas concretas. Haber recorrido todo ese trayecto, rifle en mano, con dos mil personas marchando a mis talones, y luego flaquear y alejarme, no habiendo hecho nada..., no; eso era imposible. El populacho se reiría de mí, y toda mi vida, la vida de todo hombre blanco en el Este, era una larga lucha para que no se rieran de uno.

Pero yo no quería matar al elefante. Lo observé golpear el manojo de pasto contra sus rodillas, con ese aire preocupado de abuela que tienen los elefantes. Me parecía que sería un crimen matarlo. A esa edad yo no tenía escrúpulos en matar animales, pero nunca había disparado contra un elefante y nunca había querido hacerlo tampoco. Por alguna razón siempre parece peor matar un animal grande. Además, también había que tener en cuenta al dueño del animal. Vivo, el animal valdría por lo menos cien libras; muerto, valdría solamente lo que sus colmillos, cinco libras posiblemente. Pero yo tenía que actuar con rapidez. Me volví hacia algunos birmanos de aspecto experimentado que habían estado allí cuando llegamos, y les pregunté cómo se había estado conduciendo el elefante. Todos dijeron lo mismo, que el animal no hacía caso de uno si se lo dejaba solo, pero que podía atacar si uno se le acercaba demasiado.

Estaba perfectamente claro lo que yo debía de hacer. Tenía que acercarme hasta unas veinticinco yardas, digamos, del elefante, y poner a prueba su conducta. Si atacaba yo podría disparar; si no hacía caso de mí lo más seguro sería dejarlo hasta que regresara el cornac. Pero también sabía que no iba a hacer tal cosa. Yo era un pobre diablo con el rifle la tierra era blando barro donde me hundiría a cada paso. Si el elefante atacaba y yo le erraba tendría tantas probabilidades de salir vivo como un sapo bajo una aplanadora de vapor. Pero aún entonces yo no pensaba especialmente en mi propio pellejo, sino en los rostros amarillos alertas a mi espalda, pues en ese momento, con la multitud que me observaba, no tenía miedo en el sentido ordinario, como lo hubiera tenido de haber estado solo. Un hombre blanco no debe tener miedo delante de nativos, y así, en general, no tiene miedo. Mi único pensamiento era que si algo salía mal esos dos mil birmanos me verían perseguido, cogido, pisoteado y reducido a un cuerpo con el rostro torcido por una mueca, como ese hindú tendido allá arriba. Y si eso ocurría era lo más probable que algunos se rieran. Eso no servía. Había una sola alternativa. Metí los cartuchos dentro de la cámara y me eché a tierra en el camino para tomar mejor puntería.

La muchedumbre se puso tensa, y un suspiro profundo y bajo de felicidad, como de gente que ve que por fin se levanta el telón del teatro, brotó de innumerables gargantas. Ya les llegaba el turno de divertirse. El arma era un hermoso rifle alemán con una cruz en las mirillas. Por ese entonces yo no sabía que al disparar sobre un elefante uno debía disparar como para cortar una línea imaginaria que fuera de un agujero a otro de las orejas. En consecuencia, como el elefante estaba de costado, yo debía de haber apuntado directamente al agujero de su oreja; en realidad yo apunté varias pulgadas adelante, pensando que el cerebro estaría más adelante.

Cuando apreté el gatillo no oí el estampido ni sentí el golpe de retroceso; siempre ocurre esto cuando el disparo alcanza la meta. Pero oí el diabólico rugido de gozo que surgió de la multitud. En ese instante, en un momento que parecía demasiado corto aún para que la bala llegara a destino, un cambio misterioso y terrible se produjo en el elefante. Este no se agitó ni cayó, pero cada línea de su cuerpo se había alterado. Repentinamente pareció agobiado, encogido, inmensamente viejo, como si el espantoso impacto de la bala lo hubiera paralizado sin derribarlo. Al final, después de lo que pareció un largo rato, cinco segundos diría yo que fueron, se desplomó flojamente sobre sus rodillas. Su boca babeaba. Una gran senectud pareció apoderarse de él. Uno podía habérselo imaginado con miles de años de edad. Volví a hacer fuego en el mismo sitio. Al segundo tiro el animal no desfalleció, sino que se incorporó con desesperada lentitud y se quedó débilmente en pie, con las patas dobladas y la cabeza caída. Disparé por tercera vez. Fué el tiro definitivo. Pudo verse cómo la agonía sacudía todo su cuerpo y arrancaba de sus patas el último rastro de fuerza. Pero al caer pareció por un momento levantarse, pues al desaparecer sus patas traseras debajo del cuerpo el animal pareció elevarse como una roca que se desmorona, con su trompa alzándose hacia el cielo como un árbol. Bramó, por primera y última vez. Entonces se vino abajo, con el vientre hacia mí, con un estrépito que hasta pareció sacudir la tierra donde yo me hallaba.

Me levanté. Los birmanos ya estaban corriendo de prisa sobre el barro. Era evidente que el elefante no se volvería a levantar, pero tampoco estaba muerto. Respiraba muy rítmicamente, con boqueadas largas y ruidosas; su enorme tostado se alzaba y bajaba dolorosamente. Su boca estaba completa mente abierta; yo veía las profundas cavernas de color de rosa pálido de su garganta. Largo tiempo estuve esperando que muriera, pero su jadeo no disminuía. Finalmente disparé los dos tiros que me quedaban sobre el lugar donde pensé que estaría el corazón. Una sangre espesa brotó como terciopelo rojo, pero todavía no murió. Su cuerpo ni siquiera se sacudió cuando los disparos lo alcanzaron; la torturada respiración continuó sin pausa. El animal se estaba muriendo muy lentamente y con gran agonía, pero en algún mundo remoto donde ni siquiera una bala podía causarle ya daño. Comprendí que tenía que poner fin a ese ruido espantoso. Parecía, horrible ver a la gran bestia tendida allí, impotente para moverse y sin embargo impotente para morir, y no poder siguiera acabar con ella. Envié a buscar mi pequeño rifle y disparé un tiro tras otro sobre su corazón y garganta. Parecieron no hacerle mella. El torturado jadeo continuó tan constantemente como el tic tac de un reloj.

Al final ya no pude aguantarlo más y me fuí. Luego me enteré de que había tardado media hora en morir. Los birmanos estaban trayendo dahs y canastas aún antes de que yo me fuera, y supe que para la tarde le habían arrancado la piel casi hasta los huesos. Naturalmente, hubo después interminables discusiones acerca de la muerte del elefante. El dueño estaba furioso, pero era solamente un hindú y no podía hacer nada. Legalmente, además, yo había hecho lo correcto, pues a un elefante encolerizado hay que matarlo, como a un perro hidrófobo, si su dueño no lo puede dominar. Entre los europeos las opiniones se hallaban divididas. Los más viejos consideraban que yo había procedido bien, y los más jóvenes decían que era una vergüenza disparar sobre un elefante por haber matado a un coolí, pues un elefante valía más que cualquier maldito coolí. Después me alegré mucho de que el coolí hubiera sido muerto; eso me puso legalmente en mi derecho y me dió pretexto suficiente para matar al elefante. Muchas veces me pregunté si alguien se habría dado cuenta de que yo lo había hecho simplemente para no parecer un tonto.

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